Revive Coco… Mamá Chuy los tamales muertos de Navidad

 

 

Para Heb y Ezra

 

Por Guillermo Hernández Zavala

 

En estos días sin sol ni esperanza…con frío y alegría decembrina, brotan recuerdos, espanta la melancolía, asoma el fin de año. Son tiempos de añoranzas, sinsabores, alegrías, anhelos…días interminables al igual que las evocaciones, emerge una maleta repleta de tristeza campeadora.

Mientras la piñata alegre pendida de una sonrisa colorida se mece muy cándida en espera de expulsar dulces, esperanza y fruta para todos.

Son días de pleno consumismo, empero, asaltan mi mente aquellas fechas de buñuelos, tamales, ponche, de pozole, piñata, de familia, de mi Bola, de mi abuela; de mis padres, ellos ya fallecidos, pero con un gran lugar en mi corazón envuelven recuerdos muy cerca de mi ser.

Aquel tejaban donde se tejieron disímbolas historias de infancia y adultos que deambularon por aquel poblado, sellaron mi existencia entre gatos maulladores, aterradores y lastimeros, que noche a noche aterrorizaron mi vivir… sin darse cuenta siquiera que hicieron pasarme noches enteras en vela y buscando el regazo de alguien… alguien en quien confiar. Noches plenamente sudorosas por tanto temor…

Fue un largo peregrinar infantil y patético, al creer erróneamente que los felinos aquellos destruirían mi ser. Y siempre en busca del descanso, de la protección  y los brazos cariñosos de alguien que mínimamente aliviarán ese acecho desgarrador…

Lugar por cierto lúgubre, sombrío, solitario, el ombligo de una casa típica provinciana, de aquellas que “daban de calle a calle”. Sitio inigualable. Único. Donde lo mismo se predicó la palabra de Dios,  se elaboraron uno…cientos, miles de pares de zapatos Made In Hernández, que fueron a parar a los estados de Michoacán, San Luis Potosí, Estado de México o en la misma capital del país. Y miles de pies y pisadas que recorrieron otros mundos.

Aún quema mi mente aquella Navidad de hace casi medio siglo, en que colgada la piñata decembrina hecha por quien sabe quién esperaba coqueta su turno allí en pleno tejaban, colorida y festiva se mecía al compás de la nada, fue entonces que la ocurrencia adolescente pudo más y fue prendida desde abajo; aquella panza cafesosa se convirtió en una amenaza latente de destrucción para tan glorioso lugar: no pasó a más. Estoico el tejabán siguió allí por los “siglos de los siglos”.

Las tejas vetustas, llenas de hollín y vida, conservaron su sitio e historia de siempre. Se aferró a su existir, sin luna y con gatos, sin esperanza y con alma aventurera por las historias por venir…

Por aquella temporada del año, mi madre solía esperar a mi abuela, que vendría del entonces llamado Deefe…era todo un acontecimiento familiar. Ella Bola, sabía que era una de las mejores etapas de su vida. Tener a su madre una vez al año en casa.

Su madre Mamá Chuy se convertía como un regalo caído del cielo. Y mi madre no escondía su regocijo, sus chapas faciales se le convertían inmensamente rojas. Su cuerpo regordete no cabía ni el mercado, ni en el templo, ni en la panadería de “Don Genaro”.

Chapitas que nadie nunca se las robó… a excepción de aquella larga…larga noche en que se robaron a mi hermana, la bella Susana, como se acostumbraba antaño, de quince años se fue con el novio, la hurtaron, o ella deseo irse…pero esa es otra historia, de la cual no quisiera ni acordarme. Fue un triste velorio de amor.

Bola, como cariñosamente le llamaba mi padre, por aquellos días decembrinos y no tan consumistas, hace ya casi cincuenta años se dedicaba a hacer diversos preparativos para tan significante fecha: que las hojas para el nixtamal, preparado de la carne, seleccionar los frutos para hacer los de dulce de piña, fresa y hasta coco o nuez. Además de ir preparando “a las muchachas” mis hermanas que deberían entrarle a las largas y pesadas faenas de amasar y llenar las respectivas hojas de los tamales navideños…mismos que debían religiosamente ser devorados el 24 por la familia, invitados, prójimos, fantasmas nocturnos y…

Para elaborar los buñuelos debía estar aquí en León, Guanajuato, en el mismísimo tejaban nada más y nada menos que mi abuela mamá Chuy; nadie más sabía darle ese toque único y elasticidad a los añorados buñuelos, que aquel rostro surcado por el tiempo, los años, el desamor, el coraje, la tristeza y el sufrimiento de la vida.

Sus trenzas colmadas de nieve no paraban de moverse al son del aceite y la harina buñuelera que esparcían olorosos aires apetitosos por todo el tejaban. Transcurrían las horas incesantes con alegría, pláticas trasnochadoras plenas de fantasmas de todos colores y sabores, cual colaciones inundaban recuerdos que rodaban por aquel territorio provinciano.

Rostro enjuto, difícil de mínimo dejar escapar una sonrisa leve, de cuando en vez se limpiaba el coraje de aquella faena y cada vez más asomaba el enojo mediante sus labios estirados, apenas si igualaban a los restirados buñuelos blanquecinos que se apostaban en columna ascendente a la espera de pasar por el aceite el merito 24 de cada Navidad. El piloncillo ardiente, extenuante y gratamente oloroso, también esperaba paciente y burbujeante su turno.

Mamá Chuy seguía allí puesta para alargar los buñuelos, los días, los recuerdos, las vivencias, los ires y venires, luego de estar por largo tiempo sentada, se paraba a estirar sus extremidades con el cansancio de los años a cuestas y un acentuado reumatismo que nunca la dejó en paz. Daba uno pasitos medio agachada, se balanceaba como era su pesado andar y emitía regaños a diestra y siniestra, sin ton ni son.

Su rostro no perdía el encanto de abuela refunfuñona, regañona, creo, recuerdo que hasta su muerte fue así; mostraba siempre un disgusto a la vida, a la existencia.

Aaaahhh!!! Pero eso sí, fiel hasta la muerte, pidió para morir a gusto unos tamales y unos buñuelos.

Casi nunca le vi sonreír. Como si nunca hubiera existido. El silencio fue su fiel compañero.

Fue su pasión de vida y muerte, altiva, sin mucho hablar, más bien sin mucho sonreír, sí regañona…

Es posible que mamá Chuy nunca existió, ni Bola, ni fantasmas, ni tejaban, ni gatos, ni provincia, ni barrio, ni zapatos, ni hermanos, ni piñatas, ni buñuelos, ni tamales… o tal vez, es posible que algún día revivan y me esperen en la otra vida de muerte y Navidad.

 

 

 

 

 

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