Lecumberri… de los juegos de niño… al terror

Por Guillermo Hernández Zavala

 

Entré asustado, salí horrorizado. Llegué inocente, abrí los ojos de más. Nunca pensé que esa era otra realidad. La vida supuse, no se componía de otros quehaceres, pensares y pesares. En esos tiempos de mi existir todo era juego, juguetes, dulces, amor filial, héroes; es más todavía ni el Santo, Kalimán, o el Memín Pinguín, siquiera asomaban a mi cotidianidad. Pero sí Viruta y Capulina, aunque a blanco y negro, ya parecían ridículos.

 

Y entre los sueños infantiles y fantasías de Enrique Alonso “Cachirulo”, entré a mis escasos seis años a un sitio de leyenda y desamparo, de castigo y promiscuidad; ingresé a una de las cárceles más siniestras, impregnadas de terror, sufrimiento y tortura: “El Palacio Negro de Lecumberri”.

 

Penitenciaría donde cuenta la historia se registraron desde su inauguración por el entonces presidente Porfirio Díaz, un 29 de septiembre de 1929, historias, anécdotas y leyendas cargadas de castigos, enfermedades, injusticias y dramas terribles. Contaba en ese año con 886 celdas y 20 presos ocupaban cada una de ellas.

 

 

Aquella mañana soleada de los años sesentas recuerdo que pintaba veraniega, apenas si había pasado la primavera en el DF como se le llamaba anteriormente a la ahora CDMX. No recuerdo por qué ni a quién se le había ocurrido visitar aquél lugar. Sólo sé que a mi madre tiro por viaje, se le ocurría ir de León, Guanajuato al DF de esos tiempos, dizque a visitar a su mamá o sea “mi mamá Chuy”. Una abuela refunfuñona como su cara, siempre adusta o como se dice “como oliendo mierda”. Pero allí estábamos mi madre y yo pequeño, apenas si alcanzaba los seis o siete años.

 

Y más, aún a mis 65 agostos, no sé a quién chi… se le presentó la brillantísima idea de visitar aquél sitio… Bueno fue mi tía otra cara de huele… que o convenció a mi madre de ir a aquél tenebroso lugar, o no tenía nada qué hacer. Mi Tía Elena, mujer sin hijos y sin esperanza y mucho menos qué hacer en la vida, tuvo la relevante idea de ir allá… al Palacio Negro…

 

Las dos mujeres se pusieron sus mejores galas, creo como lo mandan o lo mandaban los días domingos de antaño. Enfundadas en sendas faldas de los años 50’s y se emperifollaron, coquetearon, se peinaron, se ajustaron, polvearon y trenzaron cientos de pasadores alrededor de sus cabezas que lucieron más peinadas que de costumbre.

 

Elenita y Aurorita, salieron rumbo a lo desconocido como si fueran a recibir herencia. Ávidas de conocer otro mundo o saber qué pasaba en ese lugar. Yo solamente escuchaba su cuchichear sin saber qué destino tomar: un taxi de los llamados “Cocodrilos” de la época enfiló rumbo a algún punto… Yo saboreaba todo desde su color a olor del taxi. Sus colores verde y negro provocaban en mí esa sensación de nueva aventura, de estar en otro mundo…

 

Otro mundo era el que estábamos por conocer, la cruel realidad que sintieron en carne propia los llamados “presos famosos” Pancho Villa, José Revueltas, David Alfaro Siqueiros, Valentín Campa, Heberto Castillo, Demetrio Vallejo, y el no menos famoso “estrangulador de Tacuba” Goyo Cárdenas, de quien se decía había asesinado a cerca de 150 personas, entre ellas algunas de sus novias.

 

También presos allí en alguna época del negro pasado carcelario del lugar, Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky, líder de la Revolución Rusa, quien falleciera a manos del primero y purgase una condena de 19 años encerrado en “la Peni” de los rumbos de San Lázaro, penal ubicado al norte de la capital del país. O Gilberto Guevara Niebla, luchador social del movimiento del 68

 

La entrada asemeja la fortaleza de un castillo donde siempre privó el miedo, el castigo y la violación; para lo que fuera la nueva penitenciaría de la ciudad de México, se eligió un predio conocido como “La cuchilla de San Lázaro”, que fue propiedad de un español de apellido Lecumberri. Allí se mostraba un edificio de estilo ecléctico y afrancesado, típico del siglo XIX. Resaltaba el palacio en mención su función represiva debido a elementos como torreones, aspillas y almenas. Su construcción documentan historiadores fue durante 15 años.

 

La entrada a aquel recinto fue no sé si triunfal o triste. Inolvidable o detestable. Nunca lo supe. Caminamos recuerdo, por un patio lúgubre y sombreado. Mucha gente en espera. Vi por momentos demasiadas personas vestidas de azul y blanco, luciendo sus quepis, unos con silbatos, macanas, escudos metálicos, y otras gentes desesperadas sin rumbo alguno.

 

Largas filas interminables presagiaban entrada a un gran teatro de la libertad negada. Elenita, mi madre Aurorita y yo avanzamos como pudimos, a paso lento, como no queriendo y sí con prisa y esperanza de ver a alguien.

 

Solamente recuerdo que vi mujeres y hombres policías repartidos a un lado y a otro sobre una entrada hacia un zaguán grandote para dar acceso al Palacio Negro… de Lecumberri.

 

Aquel tumulto por desear entrar rápido a ver o estar con sus seres queridos, me llevó a manos de carcelera pintarrajeada y robusta, estrujarme por minutos eternamente y hacerme sollozar, deseando como nunca estar en los brazos de mi madre. Me aterrorizó su cara, su mando, su jalón o su rostro mandón: “por acá los hombres…” Todavía guardó aquí su cara, después de casi más de 50 años: rostro blanco regañón, pelo corto y un mutis muy enojón. Pensé según mi inocencia me “jalaban” al infierno.

 

Luego de ese pequeño gran incidente, ya estaba yo en libertad y en el gran encierro de mi vida, a tan temprana edad. Allí donde habían circulado presos también famosos como el escrito José Agustín o el mismo “Juanga”.

 

 

Caminamos unos pasos en ese gran circo de prisioneros. Todo era color caqui y cemento. Murmullos por doquier. Voces interminables que no le decían nada, al visitante por supuesto. O, no se entendía nada. Carcajadas, gritos, aullidos zumbidos, sollozos y más voces que o no te decían nada, o era imposible distinguir qué o a quiénes se dirigían. Era como escuchar murmullos interminables y lamentos en medio de la nada… del caminar libre en medio del encierro tortuoso y sin fin.

 

De un primer piso observé que se venía hacia nosotros o a los visitantes una cuerda con cajita de cerillos “La Central”, iba y venía, sube y baja; arriba uno y otros prisioneros la sostenían o jugaban, como para ver qué cae.

 

Del sube y baja, nos subimos a una pequeña celda de unos tres metros de ancho por cinco de largo; allí convivían “triste y alegremente” cuatros presos. Uno de ellos enseñaba de bienvenida su dentadura de oro y un espacio de la misma acorde a la desesperación y el olvido.

 

Una figura muy varonil y jovial, se abalanzó hacia nosotros, nos mostró un pequeño bigotín bien hecho, peinado delineado y su pelo quebrado nos dijo “cómo están, qué pasó… qué hacen”. Sobresalió entre tanto apretujamiento su uniforme color beige y su camiseta interior blanca: era el tío Chava.

 

Allí “convivió” con sus compañeros de celda, asesinos también y sólo recuerdo a uno de ellos alto, blanco y luciendo diente de oro y chimuelo por otro lado de su dentadura aurea. Era aquél que había visto primeramente y al que el tío Chava había presentado a la visita.

 

Cuenta mi madre que siempre le advirtió a su morena y bella esposa Irene: “te voy a matar…aguzada… te voy a matar… si andas por ahí de más”. Ella siempre sonrío a esas amenazas. Un día trágico en pleno día chilanguero recibió artera puñalada en pleno corazón. En plena colonia Morelos, cerca de Tepito en el DF. Recibió condena de 20 años por el crimen cometido. Estuvo en las Islas Marías un tiempo, volvió al Palacio Negro de Lecumberri y años después… murió. Sin pena ni gloria.

 

Fue una de las visitas o aventuras más largas, lentas, asombrosas, impactantes, únicas, tristes, sorprendentes, relevantes; solamente alegradas quizá por el taxi-Cocodrilo que me invitaba a fantasear.

 

Aquel lugar de condena, purgación y expiación, donde se vivieron momentos negros en la historia penitenciaria del país; pero donde también se coartaron las libertades, se reprimieron ideales, se cometieron diversas injusticias; significó un parteaguas en el acontecer carcelario del país y fue la de mayor relevancia por sus dimensiones, capacidad y ubicación. Y trastocó mi vida. Incendió mi existir por años y supe más de historia.

 

Atrás se quedó el centro penitenciario más famoso de la época y sus negras historias. Se quedó mi tío y sus pesares, sus amigos y anhelos. Sus lamentos e injusticias. Caminamos los visitantes sin voltear atrás. Aquellos pasillos cada vez más se hacían anchos y estrechos, solos, silenciosos, horrorosos, tortuosos, interminables…

 

Los pasillos los sentíamos tan lúgubres y tristemente solitarios que al transitarlos se sentía un frío helado y lento que o erizaba la piel o te estremecía, sin que hiciera frío o viento alguno. Era el Palacio Negro de Lecumberri con todo su negro y tristísimo historial.

 

 

Salimos por la puerta grande que digo grande… grandotota. Respirabas libertad y vida. Gozo y calma. Todo era otro color y olor, atrás husmeaba por allí aún el aroma carcelero, aprisionado, arrebatado de una libertad soñada.

 

 

Mi madre y mi tía eligieron lo mejor de su vida y de su momento. Nos fuimos al mercado de la colonia Morelos a degustar un plato de mole rojo dominguero, con arroz y agua de tamarindo. Ofrecían además por ahí mole verde, frijolitos, pambazos, sopes y cuanta comida chilanga se podría imaginar. Migas… Tlacoyos, tostadas de pata, pozole, tortas… “amada libertad que hasta pintada eres buena” diría mi madre.  Dicho que ese día más que nunca comprendí, amé, repensé y me lo comí una y otra vez con mole.

 

Tiempo después, en el año de 1976 el 27 de agosto, dejó de ser prisión y en 1982 se convirtió en la sede del Archivo General de la Nación en la CDMX. Ironías del destino las celdas que algún día tuvieron como reclusos a grandes personajes de la historia, cultura, literatura y política de México, albergan actualmente documentos históricos como cartas de Benito Juárez, las Constituciones de 1814, 1857 y 1917, manuscritos de Sor Juana Inés de la Cruz, la carta original de Independencia del Imperio Mexicano y más de 17 millones de documentos.

 

Cuenta con una sala de banderas, así como más de 6 millones de fotografías históricas, la UNESCO otorgó el reconocimiento “Memorias del Mundo” a unos mapas indígenas y coloniales que se encuentran dentro del acervo de la Inquisición.

 

Muchos años han pasado desde que conocí semejante recinto, pasaba por el lugar en un tiempo que viví parte de mi juventud en la capital del país y en ocasiones ni voltear deseaba. Después por mucho tiempo fue mi compañía de siempre era un transitar hacia el Metro San Lázaro. Sólo volteaba a ver, de vez en cuando fantasmas, parecía todavía, aprisionando sus historias, sus desdichas, sus lágrimas, sus amarguras…su libertad, sus juegos…

 

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